Bienvenidos al PUEBLO DE NIÑOS DE CASA GUATEMALA EN RÍO DULCE IZABAL

Muchas gracias por venir a visitarnos. Por favor pase adelante y siéntase como en su casa. Sígame, que le mostraré mi orgullo: El PUEBLO DE NIÑOS EN RÍO DULCE.

AngieMi nombre es Angelina Pérez Ortéz de Galdámez, pero todo el mundo me llama Angie. Soy una de las fundadoras y representante legal de la ASOCIACIÓN CASA GUATEMALA O.N.G.

Traer a la vida al PUEBLO DE NIÑOS en Río Dulce, llevó toda una vida de experiencias personales, claridad mental, entendimiento, decepciones, frustraciones, perseverancia y ¿por que no decirlo? terquedad.

Por un periodo de tiempo muy largo fue y tal vez aún lo sea “como librar una batalla campal”.

Ahora que el Pueblo de Niños ya no es un sueño, toda clase de historia se han tejido a su alrededor sobre sus orígenes y mí procedencia. Estos chismes han tornado el lugar, en un jardín de niños con toda clase de secretos escondidos y como resultado, un maravilloso y misterioso lugar utilizado de escenario para el montaje de historias fantásticas, intrincadas y políticas…, algo así como la famosa Casa Blanca. Historias que podrían llegar a ser los best sellers del año.

Después de leer algunas historias y novelas publicadas por gente interesante, EL PUEBLO DE NIÑOS EN RÍO DULCE no parece una realidad, luce mas como un mito, una fantasía envuelta en una bruma de misterio.

En Febrero de este año, tuve un terrible accidente automovilístico, y gracias a los médicos y terapeutas no perdí el pie. Desde entonces, la lesión sufrida en este accidente me ha impedido movilizarme al Río.

Alguien con la mente retorcida, me hizo unas llamadas amenazantes, posiblemente con fines de extorsión. Mientras la investigación se llevaba a cabo, me fui a visitar por dos semanas a mi hija en México y ahora, ya de regreso, me encuentro con la gran SORPRESA: de nuevo aparezco como la protagonista de una serie de historias en relación a mi ausencia en el Río.

Los escritores, antes de mi muerte ya me están inmortalizando en sus libros y aunque no estoy segura que esto me guste mucho, aun no se como debería sentirme: pero de lo que si estoy segura, es que me siento muy orgullosa de haber tenido la oportunidad de construir EL PUEBLO DE NIÑOS EN RÍO DULCE donde los niños carentes de una familia responsable y los niños huérfanos, puedan tener casi todo lo que la vida les ha negado, como también un lugar donde los jóvenes ambiciosos se inspiran al encontrar el lugar perfecto, utilizándolo de plataforma y montar la historia que podría convertirlos en los grandes escritores del siglo.

Mi padre Rodolfo Pérez Inurreta vino de una acaudalada familia. Nació en un lugar llamado Palizada muy cerca de Laguna del Carmen en México. A la edad de 17 años se fugó de su casa y se unió a la revolución, convirtiéndose en un político combatiente. Llegado el momento en que tuvo que abandonar sus ideales y preocuparse por su seguridad, decidió escapar a Belice, la cual en ese tiempo era una colonia Británica. Después de ver la pobreza de la colonia y haber oído sobre la riqueza y las oportunidades en Honduras, decidió embarcarse y navegar rumbo a Puerto Cortes.

Mi madre: Angelina Ortéz de Pérez, nació en el Salvador. Un grupo compuesto por su madre, tías, tíos, juntos con 13 hermanos y hermanas, primos, niños huérfanos y niños desplazados de guerra se unieron a las tropas del General Sandino. Algunos de los hijos de mi abuela nacieron en los campos de batalla en diferentes lugares en Centro América. Cuando el General Sandino cayó, su tropa se dispersó y la familia entera escapó, cruzando a Honduras entrando por Nicaragua.

Mis padres se conocieron en La Lima, lugar donde la United Fruit Company tenía su central de operaciones. Mi padre trabajó con la compañía por espacio de 40 años. Mi madre murió dejando cuatro hijos muy pequeños, tres varones y a mi. Mi padre se volvió a casar con una mujer que ya tenía cuatro hijos y con el tiempo tuvieron dos en común, con lo cual la familia se compuso de 10 hijos.

Tuve mi educación en los campos bananeros, La lima, Puerto Cortes, San Pedro Sula y luego en el Instituto Lingüístico de la Universidad de New York.

A muy temprana edad, me case con Rodolfo Galdámez Griffin, hondureño, hijo de una familia de hacendados. Tuvimos cuatro hijos, tres varones y una mujer y como pareja emprendimos una empresa, la cual creció con mucho éxito, Después de 18 años de matrimonio, mi esposo murió en un accidente automovilístico, dejándome con la responsabilidad de cuatro hijos y dos negocios que manejar.

Al año después de la muerte de mi esposo, tomé la decisión de poner los hijos en escuelas con internados en el extranjero; mi hija fue a Grier School en Pennsylvania, mi hijo menor fue a un internado en Main, mi segundo hijo fue a un internado en México y mi hijo mayor se quedó estudiando y trabajando en la empresa en Honduras. Mi hija continuó sus estudios en Inglaterra y mis hijos varones abandonaron sus estudios antes de terminar su educación.

Mientras tanto, yo tome la decisión de viajar como mochilera por el mundo entero. Viajé durante cinco años hasta el momento en que me di cuenta de la necesidad de voluntarios en un hogar para niños desnutridos en la ciudad de Guatemala.

Mis viajes me hacían feliz y me daban mucha satisfacción, a través de ellos vi y aprendí muchísimas cosas.

Un día de Septiembre de 1977 entré a la oficina en una casa en la zona 10 en la ciudad de Guatemala. Ese momento marcaría el rumbo que tomaría mi vida.

Allí fui invitada a sentarme, pero como todos los muebles estaban ocupados a excepción de un sofá color azul, en donde solo se veía un pequeño paquete circular envuelto en una sabana blanca. Al tratar de sentarme quise mover el paquete y al momento mi cerebro capto el mensaje que lo que mis manos palpaban era el cadáver de un niño.

Luego me pasaron a un salón en donde habían unos 20 niños muy desnutridos y moribundos. Estas fueron escenas terribles que las sentí como un castigo.

Fui brutalmente expuesta con las consecuencias de la hambruna, miseria y la pobreza paupérrima en la que viven nuestros pueblos en Centro América, política estática que hemos tenido por años. En ese momento me di cuenta de lo afortunada que mi familia y yo habíamos sido y pensé: si los niños de Guatemala están en estas condiciones, ¿como estarán los niños de Honduras?

Las escenas que vi en esa casa rompieron mi corazón, me sentí culpable y en deuda con los niños de esa sala, el niño muerto en el sofá de color azul y con todos los niños del mundo.

En general la gente me pregunta ¿por que estás aquí? ¿por que haces este trabajo?.... pero nunca he oído a nadie decir ¿por que yo no estoy aquí y me quedo tanto tiempo como ella lo ha hecho? ¿Por que yo no estoy haciendo este trabajo?... Si ella puede ¿Por que no yo?....

Angie.

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